Propaganda Oculta
miércoles, marzo 16, 2005
La (blah, blah, blah) El Viaje a Vancouver (parte 3)
En la estación de camiones de Bellingham tuve que conversar por varios minutos con la gente que estaba ahí hasta que descubrí que el siguiente camión Bellingham-Vancouver (incluyendo por supuesto otro intento de cruzar la frontera... escalofrío) llegaría a la estación a las 12:30am. Pero la estación cerraba sus puertas a las 9:00pm.

-"Si no quieres gastar en un hotel, tu mejor opción es el Arrowhead, un bar que cierra como a las 4 de la mañana," sugirió el oficial de seguridad, a punto de echar candado a las puertas. Claro que dijo esto después de poner en duda la existencia de un cibercafé abierto a esas horas en un Lunes de invierno (por acá se acostumbra que los negocios estén abiertos más horas en el verano), tratando de tomar mis esperanzas por el cuello y lanzarlas por una ventana.

Pero mis esperanzas lograron esquivar al oficial, y aunque pedí un taxi por teléfono solicitando ser llevado a un hotel, lo primero que le dije al taxista fue: "¿Sabes de algún lugar donde pueda echar mano de una computadora conectada a Internet a estas horas?" Respondió afirmativamente, aclarando que es un bar abierto las 24 horas, que además tiene computadoras. Así pues, le pedí que me llevara primero a un cajero, luego a éste café, y le dejé una buena propina.

Después de tanta gente que dudaba de que hubiera un cibercafé en Bellingham a las 9pm, ¡mira que venirme a topar con un taxista que sí supo! Ah, sí, soy católico.

El café se llamaba... (levanto una ceja, volteo los ojos ligeramente hacia la derecha y arriba... no), no me acuerdo. Hora de revisar los recibos. (Pasan un par de minutos revisando los contenidos de mi siempre fiel mochila J.Waltson).

Vaya, definitivamente jamás me detuve a ver el nombre del café, porque ni siquiera en este momento en que estoy viendo el recibo que lee "Horseshoe Cafe" me resulta familiar. Pero pues ése es su nombre. Lo que sí recordaba era que el recibo también decía el nombre del mesero, "Served by KellyG", y lo recuerdo muy bien porque era bien gay. Bueno, también fue un buen mesero.

El Horseshoe Cafe tenía buena pinta, como esos restaurantes de comida corrida, pero no me detuve a admirar el decorado. En cuando entré ví una barra como de bar, pero tenía varias máquinas encima. Máquinas de lotería, de cigarros, y supongo que algunas otras chucherías; una vez más, no les puse mucha atención porque las primeras dos máquinas eran computadoras cuyos monitores funcionaban con monedas: un dólar por siete minutos. Me senté, eché mi dólar, fuí directo a la página donde podría comprar un boleto de avión; seleccioné mi origen, mi destino, mi fecha; click aquí, click allá; corroboré precios, fechas y horas; eché un vistazo al reloj del monitor. Me quedaban dos minut-- un minuto. Eché otro dólar. Tecleé mis datos. Comprar. Imprimir. Tomé mis hojas de la impresora, sorprendido de no tener que pagar nada para iniciar la impresión. Recorrí con la mirada el lugar, buscando un letrero que dijera a cuánto la hoja: nada. Que buena onda. Regresé a mi asiento. Cerrar.

Todavía quedaban 5 minutos cuando me levanté de la computadora, contento de a) tener mi boleto de avión, y b) tener el efectivo requerido. Como era muy temprano para regresar a la central de camiones, especialmente teniendo que esperar mi camión expuesto a la intemperie invernal, tranquilamente me senté en una de las mesas del Horseshoe y le pedí a Kelly un capuchino y unos nachos.

Ahora sí me detuve a ver el decorado; tenía casi dos horas por quemar antes de regresar (a pie) a la central, pues había decidido salir del centro de Bellingham (donde me encontraba de nuevo) y empezar mi caminata a las 11pm, pa' no errarle. Se veía bien, aunque era obvio que no era un lugar para la jai sosaieti. Me pareció curioso que el taxista dijera que era un bar, cuando yo sólo veía un mono restaurancito. Pero luego me di cuenta que el local era de hecho el doble de grande de lo que aparentaba, y por la parte del café había un par de puertas que lo llevaban a uno a la otra parte, si esa fuera la intención de uno. Esa otra parte era el bar, como pude imaginar (mas no confirmar, no estaba de humor) al pasar cerca de una de las puertas y oír el griterío y algún tipo de música a todo volumen.

No realmente inspirado en la infinita paciencia de los monjes budistas (después de todo, soy católico), traté de tomar mi capuchino con suma lentintud. No puedo decir que los nachos corrieron con la misma suerte (después de todo, en mis tiempos libres, como en los de angustia, me gusta comer), los engullí con alacridad de miedo. Curioso como en el mismo pueblo disfruté de una excelente comida con el mejor de los humores, para luego cenar unos simples nachos con una carota (después de todo, aún con los requisitos en la mano, el cruce podía resultar complejo). Pude haber jugado con mi GameBoy en el Horseshoe, o por lo menos me pude haber sentido en ese humor, pero no jugué porque no me pareció que sería bien visto en un verdadero café/bar como éste, por lo que leí durante una buena cantidad de tiempo (después de todo... er... hm... bah, ¿qué importa? Nadie lee lo que está entre paréntesis de todos modos).

Se llegó la hora en que tenía que irme, y pagué, caminé, y esperé mi camión sin ningún contratiempo. Eso si no cuentas el frío como contratiempo. No puedo quejarme, la temperatura habría estado a unos 4 grados sobre cero, ciertamente nada comparado con lo que me tocaba soportar todos los días en Edmonton, pero era incómodo de cualquier forma. Mi camión llegó y confirmé con el chofer que efectivamente fuera el camión que me llevaría a mi destino. Le mostré mi boleto, lo tomó, y me dijo que me podía sentar donde quisiera, que partiríamos en un par de minutos.

Ahí iba otra vez, a la frontera USA-Canadá. Tenía mis dudas, pero también tenía algo de confianza en que traía los requisitos. Y también llevaba otro tipo de confianza; no podía dejar de pensar que un chofer me regresó mi boleto, otro no me lo pidió, otro supo donde encontrar un cibercafé, y el último no hizo nada extraordinario, pero fue el que me llevó derechito a Vancouver.

¿Esos momentos en los que uno se acuerda que es católico? Ajá.
 
lunes, marzo 07, 2005
La odisea comúnmente conocida como El Viaje a Vancouver (parte 2)
Así es, la Oficina de Immigración Canadiense me dijo, "No pasas. Ahí nos saludas a los gringos." Y yo dije: "¿Qué?" Y procedieron a repetirme la negación, sin inmutarse siquiera.

- "Si regresas mañana con $500 dólares en efectivo, y un boleto de avión que demuestre que vas a salir del país antes del 26 de Febrero, es probable que te dejemos pasar."

- "¿Y si regreso hoy mismo con todo eso?" inquirí desafiante.

La oficial me apuñalo un par de veces - una con cada azulado ojo - y me replico con sorna: "Si puedes conseguir eso este mismo día, adelante."

Ya eran las seis de la tarde, y a esas latitudes en cualquier dia de invierno ya no hay luz de sol; yo debería estar en Vancouver, pero en vez de eso me encontraba cruzando un par de calles para pasar del lado canadiense al estadounidense de la zona. Mi esperanza era llegar al poblado más cercano (Blaine, Washington) para encontrar un cibercafé y un cajero automático.

(Nota sobre la frontera USA-Canadá: Por lo menos la que a mí me tocó, es totalmente diferente a las diversas fronteras USA-México que conozco. La unica parte que sí era muy familiar era donde revisaban los trailers. No podría explicar con mas detalle cómo es la frontera, lo único que se me ocurre decir al respecto es que es mucho más... abierta, supongo.)

Llegué a las oficinas de immigración estadounidense (lo cual me hizo sentir que las calles que crucé eran un como limbo entre las naciones) y les expliqué mi dilema y mi plan. Las carcajadas de los oficiales ante el prospecto de encontrar un cibercafé en Blaine me dolieron un poquito menos que el prospecto de tener que regresar a Bellingham y esperar al siguiente día, pero pues no había remedio; hora del Plan B.

El Plan B consistía en lo mismo que el Plan A (encontrar un cibercafé y un cajero automático en el poblado más cercano), sólo que el poblado más cercano tuvo que cambiarse por Bellingham. Por los comentarios de los oficiales gringos, parecía probable que ni allí encontraría dichos sellos de modernidad computarizada, sin embargo tenía que intentarlo. Afortunadamente, el chofer del camión que me iba a llevar de Bellingham a Vancouver, al enterarse de mi no ingreso amablemente me regresó mi boleto, y me dijo que el siguiente camión de regreso llegaría a las oficinas gringas como a las 7:30pm. Esa fue la hora y media más larga de mi vida.

A las afueras del lado estadounidense de las oficinas de immigración del mismo país, esperé y esperé a que el camion que me llevaría a Bellingham llegara. Y luego esperé un poco más. Intenté sentarme un rato, y lo logré con cierto grado de éxito: unos 10 minutos, más o menos. Caminé como león enjaulado durante más de una hora, solo que estoy seguro que un león lo habría hecho con mayor gracia. A ratos me sentaba otra vez, pero nunca logré superar mi marca inicial, ni siquiera un cuarto de ella. También intenté leer; tengo desde hace rato la costumbre de siempre (o casi siempre) llevar conmigo un libro y mi GameBoy con un par de juegos, y aunque logré leer un par de páginas, en el estado emocional en el que estaba simplemente no pude ni siquiera voltear a ver mis juegos. Obviamente, en momentos como éstos cualquiera se acuerda que es católico.

Era tanto mi vagabundear, aún tratando de mantenerme en una área reducida para no distraer a los agentes norteamericanos, que varias veces alguno de éstos me echaba un grito, preguntándome que de qué la pintaba. Mis respuestas siempre los satisfacían, y con igual frecuencia se retiraban sugiriéndome que quedara quieto.

El camión llegó (¡por fín!) y después de unos minutos, sus ocupantes fueron admitidos a los Estados Unidos de América, y el chofer se dispuso a partir; pero se dió cuenta que yo estaba ahí:

- "No te dejaron, ¿eh? Bah, no te preocupes, súbete. ¿Vas a Seattle?"

Así de fácil. No me pidió boleto (que yo ciertamente llevaba en mi mochila), ni dinero, ni nada. Presintiendo que esto era un buen augurio (para variar), y con un poco de optimismo empezando a colarse entre los recobecos de mi apachurrado humor, alcancé a responder: "No, señor. Nomas a Bellingham. ¡Gracias!"
 
domingo, marzo 06, 2005
La odisea comúnmente conocida como El Viaje a Vancouver (parte 1)
Debido a mi extraño y corto permiso de visitante que la immigración canadiense me otorgó, tuve que hacer algo para permanecer en este país más allá del 15 de Febrero. Ese algo se decidió que sería ir a Vancouver y desde ahí cruzar la frontera hacia Estados Unidos y regresar, la intención siendo que al reentrar a Canadá me darían un nuevo permiso. Existía la posibilidad de que sólo me dieran permiso por unos cuantos días, pues si me cuestionaban eso era lo que iba a decir. Incluso tenía una buena excusa: el 19 de Febrero se hizo una fiesta para recordar al papá de Laura y yo fuí invitado.

Así pues, fui a Vancouver junto con Laura, y nos quedamos en el departamento de una amiga de ella. Temprano el Lunes 14 de Febrero (linda fecha para sentirse estresado más o menos unas seis horas) tomé mi camión hacia Bellingham, en el estado de Washington, Estados Unidos. Entrar a Gringolandia nunca me ha causado problemas, y esa vez no fue la excepción.

Llegué a Bellingham como a mediodía en una bonita colonia, sin la menor idea de en qué parte de la ciudad me encontraba. Por suerte había un mapa en la estación de camiones, y aproveché para estudiarlo un poco y más o menos memorizar donde estaba el centro de la ciudad y como llegar ahí. Decidí caminar hasta el centro, aún cuando no estaba tan cerca, pero pues quise echarle un ojo a la ciudad; y estuvo bien porque Bellingham es puerto y me tocó caminar un rato por un cacho que supongo sería el equivalente a un malecón. (Nótese que la ciudad no tiene playa, solo es puerto, por lo menos hasta donde pude averiguar por el mapa y lo poco que conocí).

Naturalmente, y para los que me conocen esto no será ninguna sorpresa, para cuando llegué al centro ya tenía mucha hambre. Me encontré un bonito restaurante típico de Estados Unidos (o Canadá), de esos cuyo menú siempre incluye un par de platos de pasta, algunas ensaladas y sopas, hamburguesas y sandwiches, y varios platillos con carne, ya sean filetes o costillas. Ah, y nunca fallan los nachos y las alitas como aperitivos. Hay muchas franquicias de este tipo: Chili's, Tony Roma's, Kelsey's, Boston Pizza (aunque obviamente con una fuerte inclinación hacia pizzas), y muchas más con nombres que no recuerdo pero que casi todos terminan con " 's ". Pero el State Street Depot Bar & Grill (establecido en 1930) no es una franquicia, y hasta sospecho que sólo existe uno en el mundo. Ahí, pues para no fallarle, ni al hambre ni a la tradición de esos restaurantes, me eché unas alitas Buffalo (exactamente como me las imaginaba), una cerveza Stella Artois (europea, clara, bastante buena), y un filete Delmonico, que era un filete grueso de res, asado tres cuartos, con bastante pimienta y champiñones, acompañado con puré de papa, calabazacitas stir-fried, y una sopa de pollo y verduras a la mexicana, ¡que realmente sabía mexicana! Además, fui bien atendido sonriente y amablemente por Jennifer, que encima de todo estaba bonita.

Salí bastante satisfecho del State Street Depot y seguí mi paseo por el centro de Bellingham, encontrando en particular una buena tienda de CDs y un par de cafés interesantes. Tenía todavía algo de tiempo que quemar antes de que partiera mi camión de regreso a Vancouver, así que me tomé un Moka en uno de esos cafés...

Y quemé más tiempo del que quería. Me perdí el camión que me llevaría del centro a la central de camiones a tiempo, así que tuve que tomar un taxi, pero en las cuatro horas que llevaba paseándome por la ciudad no había visto ni uno solo. Empecé a caminar hacia la central, esperando encontrar un taxi mientras lo hacía, pero después de poco tiempo ya me estaba saliendo del centro de la ciudad y seguía sin encontrarlo, así que finalmente me decidí a entrar a otro café y pedir de favor que me llamaran uno. Recuerdo que el taxista me platicó de lo bonito que es el Baseball, y en especial como ese deporte no tiene un reloj externo que le diga cuando se acaba un inning o cuando se acaba el partido, "el baseball tiene su propio tiempo"; estaba un poco safado pero no era enfadoso.

Llegué a la central, subí a mi camión, y empecé a imaginar lo bonito que iba a ser pasar el resto de la tarde en Vancouver. Y Canadá me negó la pasada.
 
Personal sounding board and public memory.

CodeWeavers

diciembre 2004 / enero 2005 / febrero 2005 / marzo 2005 / noviembre 2005 / diciembre 2005 / febrero 2006 / marzo 2006 / abril 2006 / julio 2007 / agosto 2007 / noviembre 2007 / septiembre 2010 / octubre 2010 / noviembre 2010 / enero 2011 / junio 2011 / julio 2011 / diciembre 2011 / marzo 2012 / junio 2012 / agosto 2012 / septiembre 2012 /


Powered by Blogger