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domingo, marzo 06, 2005
La odisea comúnmente conocida como El Viaje a Vancouver (parte 1)
Debido a mi extraño y corto permiso de visitante que la immigración canadiense me otorgó, tuve que hacer algo para permanecer en este país más allá del 15 de Febrero. Ese algo se decidió que sería ir a Vancouver y desde ahí cruzar la frontera hacia Estados Unidos y regresar, la intención siendo que al reentrar a Canadá me darían un nuevo permiso. Existía la posibilidad de que sólo me dieran permiso por unos cuantos días, pues si me cuestionaban eso era lo que iba a decir. Incluso tenía una buena excusa: el 19 de Febrero se hizo una fiesta para recordar al papá de Laura y yo fuí invitado.

Así pues, fui a Vancouver junto con Laura, y nos quedamos en el departamento de una amiga de ella. Temprano el Lunes 14 de Febrero (linda fecha para sentirse estresado más o menos unas seis horas) tomé mi camión hacia Bellingham, en el estado de Washington, Estados Unidos. Entrar a Gringolandia nunca me ha causado problemas, y esa vez no fue la excepción.

Llegué a Bellingham como a mediodía en una bonita colonia, sin la menor idea de en qué parte de la ciudad me encontraba. Por suerte había un mapa en la estación de camiones, y aproveché para estudiarlo un poco y más o menos memorizar donde estaba el centro de la ciudad y como llegar ahí. Decidí caminar hasta el centro, aún cuando no estaba tan cerca, pero pues quise echarle un ojo a la ciudad; y estuvo bien porque Bellingham es puerto y me tocó caminar un rato por un cacho que supongo sería el equivalente a un malecón. (Nótese que la ciudad no tiene playa, solo es puerto, por lo menos hasta donde pude averiguar por el mapa y lo poco que conocí).

Naturalmente, y para los que me conocen esto no será ninguna sorpresa, para cuando llegué al centro ya tenía mucha hambre. Me encontré un bonito restaurante típico de Estados Unidos (o Canadá), de esos cuyo menú siempre incluye un par de platos de pasta, algunas ensaladas y sopas, hamburguesas y sandwiches, y varios platillos con carne, ya sean filetes o costillas. Ah, y nunca fallan los nachos y las alitas como aperitivos. Hay muchas franquicias de este tipo: Chili's, Tony Roma's, Kelsey's, Boston Pizza (aunque obviamente con una fuerte inclinación hacia pizzas), y muchas más con nombres que no recuerdo pero que casi todos terminan con " 's ". Pero el State Street Depot Bar & Grill (establecido en 1930) no es una franquicia, y hasta sospecho que sólo existe uno en el mundo. Ahí, pues para no fallarle, ni al hambre ni a la tradición de esos restaurantes, me eché unas alitas Buffalo (exactamente como me las imaginaba), una cerveza Stella Artois (europea, clara, bastante buena), y un filete Delmonico, que era un filete grueso de res, asado tres cuartos, con bastante pimienta y champiñones, acompañado con puré de papa, calabazacitas stir-fried, y una sopa de pollo y verduras a la mexicana, ¡que realmente sabía mexicana! Además, fui bien atendido sonriente y amablemente por Jennifer, que encima de todo estaba bonita.

Salí bastante satisfecho del State Street Depot y seguí mi paseo por el centro de Bellingham, encontrando en particular una buena tienda de CDs y un par de cafés interesantes. Tenía todavía algo de tiempo que quemar antes de que partiera mi camión de regreso a Vancouver, así que me tomé un Moka en uno de esos cafés...

Y quemé más tiempo del que quería. Me perdí el camión que me llevaría del centro a la central de camiones a tiempo, así que tuve que tomar un taxi, pero en las cuatro horas que llevaba paseándome por la ciudad no había visto ni uno solo. Empecé a caminar hacia la central, esperando encontrar un taxi mientras lo hacía, pero después de poco tiempo ya me estaba saliendo del centro de la ciudad y seguía sin encontrarlo, así que finalmente me decidí a entrar a otro café y pedir de favor que me llamaran uno. Recuerdo que el taxista me platicó de lo bonito que es el Baseball, y en especial como ese deporte no tiene un reloj externo que le diga cuando se acaba un inning o cuando se acaba el partido, "el baseball tiene su propio tiempo"; estaba un poco safado pero no era enfadoso.

Llegué a la central, subí a mi camión, y empecé a imaginar lo bonito que iba a ser pasar el resto de la tarde en Vancouver. Y Canadá me negó la pasada.
 
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